Archivos para insultando a tu jefe

El abuelo, el negro y el enano

Posted in Anécdotas de segurata with tags , on 17-octubre-2008 by cheguratagiik

Hace aproximadamente 4 años trabajaba en una de las más grandes empresas de seguridad privada de España, concretamente en un pequeño pero importante departamento con menos de 30 empleados que se dedicaba realizar exactamente lo mismo que los demás vigilantes, pero en pequeños tramos de tiempo para cada cliente y moviéndose de uno a otro con coche durante el turno de trabajo.

Tan importante era este departamento para la empresa (es decír: tanta pasta daba) que la dirección insistía en que pasase de ser algo casi anecdótico a la principal actividad de la empresa, y para ello organizaron un gran curso de formación en para directivos. Como el curso incluía prácticas, uno de las “clases” consistía en meter en cada uno de los coches durante una noche a uno de ellos para que nos viera trabajar.

Para el primer curso se trajeron a peces gordos de todo el mundo, la jefa de compras a nivel nacional, la jefa de personal de Suecia, delegados provinciales de toda España, altos directivos que querían ver en persona como funcionaba todo y algunas personas más que ni siquiera sabía quienes eran. A todos ellos les dieron un uniforme igual que el nuestro, por lo que un día al llegar a la oficina nos encontramos a nuestros cuatro jefes y “30 compañeros nuevos completamente desconocidos“.

Según entrábamos nos fueron presentando y nos explicaron que esa noche nos los teníamos que llevar un rato y enseñarles como trabajábamos. Mientras esperábamos la hora de inicio se fue tramando la tragedia poco a poco. Un nuevo compañero, que era de Brasíl y era negro, se puso a charlar con el presidente de la empresa, que casualmente, era bastante bajito para hoy en día. Hay que decir que por su edad no se notaba demasiado su poca estatura, pero para lo que se ve hoy en día era llamativo.

Uno de mis jefes empezó a alabar en voz alta nuestras virtudes, ya que se supone que nuestro trabajo era algo realmente complicado que sólo unos pocos podíamos hacer. Lo cierto es que era algo sencillo, pero como hay un porcentaje de vigilantes que son bastante “lentitos”, es cierto que sólo unos pocos podíamos hacerlo. Durante todo el discurso no paró de repetir que eramos unos grandes profesionales y etc.

Simultaneamente se movieron hacia la máquina de café dos elementos claves de esta historia, el nuevo compañero (de Brasil, negro) y el director de la empresa, vestido como nosotros y “no demasiado alto”.

En el preciso momento en el que nuestro jefe terminó la frase en la que explicaba lo buen trabajadores y profesionales que (supuestamente) eramos, entró por la puerta el último en llegar ese día, un “apañero” cuyo mote era “El Abuelo”, de unos 50 y tantos, alto, fuerte, con un gran vozarrón y la nariz roja como un pimiento, suponemos que debido a sus “hábitos alimenticios”…

Entró por la puerta, sin percatarse de lo que estaba pasando, y se encontró con los dos junto a la máquina de café. Uno era negro, el otro bajito, ambos con uniforme; no reconocío a ninguno de los dos. Los miró, sonrío, se giró hacía los demás y con su tremendo vozarrón dijo:

“¡JODER CON ESTA EMPRESA! ¿DÓNDE COÑO VAMOS A LLEGAR? ¿ES QUE AHORA SÓLO CONTRATAMOS A NEGROS Y ENANOS?”

Y esperó para ver nuestra reacción…

Cuando vio nuestras caras se le fue la sonrisa de golpe, el ambiente se podía cortar con un cuchillo. Había un silencio sepulcral que duró varios segundos. Nadie fue capaz de decir nada durante varios segundos, todas las personas que estaban charlando se callaron de golpe y se quedaron estupefactos.

Alguien logró articular algunas palabras y poco a poco la gente volvió a lo suyo para disimular, al principio en voz baja. Pasados 10 segundos la situación ya parecía normal.

Nadie fue capaz de reirse, al menos dentro de la oficina…

Días más tarde, cuando “cotejábamos” la anécdota para ver como la habíamos vivido todos, descubrí algunas cosas interesantes.

Un de mis jefes confesó que, pese aguantar el tipo como el mejor, una voz interior empezó a gritarle: “¡Echaté debajo de la mesa!” ya que estaba a punto de partirse de risa.

Otro, que tuvo la suerte de estar junto a la puerta, salió disimuladamente, se metió en uno de los coches, subió las ventanillas, arrancó, puso el aire acondicionado, se colocó la cazadora por encima de la cabeza y luego se pasó 30 minutos descojonándose…

Curiosamente, todos los apañeros, incluso los que no habían estado allí ese día, recordaban la anécdota perfectamente…